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EL ENGANCHE: Primera Parte (1/3)

Te invito a la lectura de la primera parte del relato EL ENGANCHE, con el que KrakenByte ha participado en la convocatoria Visiones 2015 de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror). 📖

Una noche oscura. Una central eléctrica. Un camión con un remolque. Un caso imposible. Un reto para un veterano Inspector de la policía.

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EL ENGANCHE

Primera Parte

Un camión de enormes dimensiones, se detuvo en la entrada de la imponente instalación industrial. A la central eléctrica se accedía por una puerta corredera desde la carretera que la bordeaba. Como cada noche, permanecía cerrada para que nadie, y menos ningún vehículo, pudiera entrar en la instalación.

El inmenso remolque del camión bloqueaba el paso de la carretera, ya que había que hacer una curva de casi noventa grados para entrar al recinto.

La puerta de la cabina del camión se abrió lentamente y salió uno de los dos hombres que iban en él. El conductor seguía al volante y mantenía el motor en marcha. El que se había apeado tendría unos treinta y tantos años, alto, corpulento y musculoso. Daba la impresión de ser culturista o gimnasta, con un aspecto propio de los competidores de lucha libre americana. De tez bronceada, y rasgos posiblemente árabes que le daban un aspecto exótico, lucía una cabeza totalmente rapada, o quizás fuera calvo, no se distinguía del todo bajo la luz de las farolas de la entrada. Llevaba una carpeta de documentación en la mano.

kraken trailer

—Buenas noches —saludó en voz alta con un acento que bien podría ser marroquí, mientras agitaba su brazo para que le vieran en la garita de acceso.

Jesús Cortés, el vigilante, salió por la puerta con la firme disposición del que está ya aburrido de haberlo visto todo en esta vida.

«Ya estamo otra ve —pensó—, que manía tienen de vení a hora intempestiva, si ya se lo hemo disho mile de vese».

—¡Toda la descarga de materiale y la entrega —gritó Jesús mientras andaba con firmeza hacia la puerta corredera— sólo se puén hasé en horario diurno, a partí de la osho la mañana!

—Es que el envío viene con “entrega extra urgente” —protestó el hombre calvo dando golpecitos a los papeles que llevaba en la mano— y si no cumplo, me penalizan.

«Con lo relajao que yo estaba —se decía Jesús—, y tiene que vení el morito este a darme la noshe».

—Aquí lo pone —continuó el hombre del camión—: “Extra Urgente, entregar antes de las 4:00 a.m.”

Y pasó un papel entre los barrotes de la puerta. El vigilante se acercó, linterna en mano, para leer el albarán.

—¿Pero esto qué e lo que e? —preguntó extrañado—. ¡¿Una factura der Carriful?! Si aquí dise que…

No acabó la frase. El arma, con el silenciador puesto, había emitido su soplido sordo característico y permanecía humeante en la mano del hombre calvo, apuntándole.

Jesús, incrédulo por lo que acababa de ocurrir, notó como perdía el equilibrio y comenzaba a caer. A su cabeza acudieron como un relámpago sus últimos recuerdos. Llevaba poco tiempo trabajando en aquella central. Su empresa tenía asignada la vigilancia de los lugares más relevantes de toda la provincia de Málaga: Ayuntamientos y varias sedes de la Administración, hipermercados, centros comerciales y los mejores parques de atracciones de la Costa del Sol. Él era de Jerez y, antes de vivir en Marbella, había trabajado en la central eléctrica de Algeciras. Cuando empezó allí por primera vez, no tenía ni idea de lo que era un voltio ni un megavatio pero, con el tiempo, acabó familiarizándose con palabras incluso aún más raras para él. Años después, debido a su experiencia en aquella instalación, le propusieron destinarle a la nueva central eléctrica de Marbella.

No acabó la frase. El arma, con el silenciador puesto, había emitido su soplido sordo característico y permanecía humeante en la mano del hombre calvo, apuntándole.

—Allí va a estar to mu caro —le dijo a su mujer—, pero seguro que va a se mejó pa la niña, que ya tiene sinco año.

—Y así se chorrea como Dios manda —le contestó ella que, como buena malagueña que era, ansiaba volver a su tierra natal y estaba encantada con la idea de que su hija pudiera divertirse en la “chorraera” del parque y no en el “tobogán”, como lo llamaban en otros lugares distintos de Málaga, con mucha menos gracia a su entender.

Receloso de su trabajo, Jesús lo llevaba todo a rajatabla, siguiendo el procedimiento hasta casi el extremo porque, como decía él: “Si no… ¿Pa qué está?”

Recordó cuando había empezado a trabajar y eran tres los vigilantes que hacían el turno de noche, uno en la cabina de Control de Accesos, y otros dos haciendo rondas por toda la instalación. ¡Si hasta llegaron a tener un Jeep todo terreno para ellos solos, por si les hacía falta ir a alguna parte! Eran otros tiempos en los que la empresa asumía que era necesaria la supervisión directa, sin circuito cerrado de televisión ni tanta tecnología punta. «Y eso que ahora, con lo de la crisi, toa la empresa han redusío personá —pensaba Jesús—, pero ya quisieran to mi compañero del sentro comersiá trabajá con la tranquilidá que tenemo en la sentrá».

Mientras se oscurecían sus últimos recuerdos, Jesús, atónito, con la mirada perdiéndose en las estrellas de la noche, se desplomó contra el suelo.

Con un rápido movimiento, el hombre del camión guardó el arma en una bolsa de viaje que tenía en la cabina. Cruzó la vista con el conductor que permanecía al volante y éste le asintió con sutileza. Entonces, sacó de la bolsa una herramienta de corte radial que aplicó con destreza en la junta de la puerta corredera. Instantes después el tope metálico cedió y, haciendo un leve esfuerzo para vencer la resistencia del motor que normalmente la accionaba, el hombre de la cabeza despejada arrastró la puerta corredera con mayor facilidad de la que cualquier otro hubiera tenido, dejando el paso libre al enorme vehículo. El camión entró en el recinto y aceleró enfilando hacia la barrera levadiza del acceso al aparcamiento de empleados, que cedió doblándose a su paso como si estuviera hecha de cartón.

«Por fin tenían una noche tranquila —pensaba Francisco Jiménez—». Aunque normalmente en el turno de noche no había mucho jaleo en la Sala de Control, llevaban unos meses en los que el Despacho de Generación les mareaba solicitando modificaciones de carga imprevistas continuamente. Él trabajaba como Jefe de Turno en la Central de Ciclo Combinado de Marbella y todavía tenía en la cabeza, dándole vueltas, el discurso que les había soltado el día anterior a los alumnos de Ingeniería Industrial de la Universidad Politécnica de Málaga:

»Esta central produce energía eléctrica gracias a la combustión del gas natural —decía mecánicamente a los visitantes—. Los gases de combustión pasan a través de una primera turbina; ciclo de Brayton. A la salida, la energía sobrante se aprovecha para calentar agua, tal y como hacen las centrales térmicas convencionales, como las de carbón, para generar vapor a alta presión, que se introduce en una segunda turbina, ciclo de Rankine —continuaba Francisco, como si tuviera puesta una grabación automática—. La energía de ambos ciclos termodinámicos se aprovecha conjuntamente, de manera combinada. En este modelo de central, las turbinas se encuentran acopladas en el mismo eje, el cual hace girar el alternador produciendo electricidad. Se genera así una potencia de, aproximadamente, unos cuatrocientos megavatios; lo que equivaldría a suministrar la energía necesaria a una ciudad como Málaga. Aunque la potencia final —continuaba la charla Francisco, intentando no dormirse—, varía realmente en función de las condiciones atmosféricas, la calidad del combustible y otros parámetros.

—Vaya rollos tengo que contar —se decía. ¿Por qué le tocaría siempre a él atender a las visitas? — ¡Y yo, que no quise hacerme profesor porque odio la docencia! Pero claro, como parece que los que estamos a turnos no hacemos nada aquí, siempre nos endiñan esto de ejercer de guías turísticos.

Porque eso de que a una empresa Sevillana “de toda la vida” se la comiera el KOCO y la dejaran hecha un KOESSCO era una vergüenza.

Durante el día, en horario “normal”, es decir, fuera del turno de noche o los fines de semana, la plantilla de la la Central de Ciclo Combinado de Marbella estaba al completo. La formaban unos cincuenta empleados de diferentes departamentos: mantenimiento, control técnico, medio ambiente y varias subcontratas auxiliares. Actualmente, la central era propiedad de la Korean Energy of South Spain Company —KOESSCO—, la filial, en la península ibérica, de la Korean Company —KOCO—, una importante corporación energética y petroquímica coreana. Hacía solo dos años, KOCO había adquirido un gran porcentaje de los activos de generación energética en España y Portugal, incluyendo varias centrales de ciclo combinado y refinerías de petróleo, constituyendo así la KOESSCO. La anterior empresa propietaria, había visto la venta como una opción aceptable para lograr liquidez y disminuir su deuda.

—Paco, ¿te has probado ya el nuevo uniforme? Que sólo quedan dos días para enviar las incidencias al suministrador —dijo Eva García, la Operadora Técnica, sacándole de sus tediosas reflexiones.

—¡Bah! —Protestó él, con gesto de fastidio—. Si las tallas son correctas, seguro que la ropa nos vendrá bien, digo yo, ¿no? Además los chinos se saben mejor nuestras medidas que nosotros mismos, ¿no ves que todas las fábricas de ropa están allí?

—¡Ja, ja, ja! Pero si no son chinos —contestó Eva con evidente sorna—, son coreanos. ¡Como vengan por aquí los “jefazos” y te oigan llamarles chinos te van a poner a sacar brillo a la turbina!

Y es que los “chinos”, como pensaba Francisco cuando se refería a los orientales, nos iban a invadir tan poco a poco que ni nos íbamos a enterar. Porque eso de que a una empresa Sevillana “de toda la vida” se la comiera el KOCO y la dejaran hecha un KOESSCO era una vergüenza. Además, la actitud de los nuevos jefes era penosa porque no se preocupaban de ponerle un nombre decente a las cosas ni tenían en cuenta que los que iban a verlo todos los días eran ellos, los españoles, y no los coreanos, que venían “de aquí pa cuando”.

Francisco Jiménez llevaba trabajando en instalaciones industriales desde que salió de la Universidad: refinerías de petróleo, fábricas de papel y, sobre todo, centrales eléctricas más de una década. Aunque aparentaba estar todo el día quejándose de los orientales, les tenía que agradecer que hubieran reconocido su experiencia profesional, cosa que en su empresa anterior, antes de formar la KOESSCO, nunca habían hecho y siempre le había dolido en el alma. Por fin, le habían ascendido de Operador Técnico a Jefe de Turno, lo cual le hacía sentirse mejor valorado, no tanto por la subida salarial, que no notaba demasiado a final de mes, sino porque ante sus dos hijos quinceañeros, era un ejemplo a seguir y les demostraba que trabajar duro tenía su recompensa.

Eva García, en cambio, era más joven. No hacía mucho que había cumplido los veinte y aún tenía margen para llegar a los treinta. Había estado trabajando casi gratis como becaria desde el año anterior y se sentía en deuda con la KOESSCO porque le habían ofrecido, sin negociación ninguna, directamente, un contrato fijo. En los tiempos que corrían, eso se podía considerar… ¡un anacronismo!

Esta central había visto favorecida su construcción, entre otros motivos, por la necesidad de compensar la red eléctrica de la zona sur de España y con la intención de dar servicio a la Costa del Sol malagueña. Debido al desorbitado crecimiento urbanístico, la masiva afluencia turística y, sobre todo, de los nuevos visitantes de la Europa del Este, muchos establecidos durante todo el año; la demanda energética se descompensaba. Por tanto, para garantizar la estabilidad de la red eléctrica en esta zona, se promovió la creacción de una nueva central.

Ubicada en el Municipio de Marbella, lejos de la zona turística de Puerto Banús, era una de las más modernas del mundo. Contaba con todos los adelantos de principios del siglo XXI. En la Sala de Control se disponía de sistemas informáticos que recogían lecturas de los sensores distribuidos por la instalación y facilitaban el seguimiento de los parámetros necesarios para poder manejar la planta desde allí. Sin llegar a ser totalmente automático, como ocurría con muchas de las centrales hidráulicas, el funcionamiento de una central de ciclo combinado era infinitamente más sencillo que el de una nuclear o el de las vetustas térmicas de carbón.

kraken ciclo combinado mar

Por tanto, la gran mayoría de las empresas que operaban y mantenían este tipo de instalaciones, habían llegado a la conclusión hacía ya muchos años, de que durante el turno de noche, si todo transcurría con normalidad, no eran necesarias más de dos personas en el Departamento de Operación para tener controlada toda la instalación. Y si ocurría cualquier problema que necesitara más gente, como una avería grave, estaba el retén: un equipo de personas adicional que permanecía de guardia, pendiente por si fuera necesario acudir.

Así pues, aquella noche sólo estaban en la central Francisco y Eva, del Departamento de Operación, y Jesús, el vigilante de seguridad, en la garita de recepción.

De repente, un sonido estridente y repetitivo, interrumpió la conversación entre los dos compañeros de trabajo.

—Otra vez la misma porquería —comentó con desidia Francisco, señalando el diagrama del monitor—: Alarma en la válvula automática de vertidos.

—Esa válvula falla más que una escopeta de feria, hijo —se quejó Eva—. ¡A ver si lo miran por la mañana otra vez, los de Mantenimiento, que no nos deja vivir en paz!

—Será el final de carrera que no hace contacto, como siempre —sonrió Paco—, si es que no sé por qué no los montaron, desde un principio, resistentes a la corrosión. ¡Con el clima que tenemos en la costa, los normales “no sirven ni pa escopetazos”!

—Ahora te cuento —dijo Eva agarrando el casco reglamentario, los guantes y las gafas de protección contra impactos, mientras salía de la Sala de Control con determinación.

Había pasado poco tiempo desde que saliera la chica, cuando la puerta se abrió de nuevo y Francisco, con la mirada fija en el letrero que parpadeaba en su pantalla, dijo con tono bromista:

—¿Has visto ya la válvula o es que se te ha vuelto a olvidar la linterna?

—Sí, todo está bien— contestó sonriendo el hombre de cabeza rapada que entraba por la puerta. Y disparó su arma contra el Jefe de Turno que se quedó sentado en su silla de oficina, con una posición poco natural y un suave movimiento rotatorio.

A continuación entró el conductor del camión a la Sala de Control. Tenía el pelo muy corto y canoso, más blanco que gris. La palidez de su rostro lleno de arrugas acentuaba su edad. Aún así, transmitía una extraña serenidad y actuaba con la disciplina militar propia de un veterano de guerra.

—¿Ya están neutralizados, Hassan? —Preguntó con un marcado acento de la Europa del Este.

—Parece que hay alguien más por ahí fuera … —dijo el hombre del cráneo cobrizo —. Voy a por él, Vladik —y sacó de nuevo la pistola.

—Ni te molestes. El tiempo es oro —le contestó muy seriamente—. Deja eso y pon en marcha el inhibidor de frecuencias. ¡Acabemos cuanto antes!

—O.K.

Dejando el arma encima de la consola, Hassan sacó un pequeño dispositivo de la bolsa de viaje y pulsó un interruptor. Mientras, Vladik se puso a los mandos de uno de los ordenadores del sistema de control de la central. En un momento, modificó los parámetros de producción que tenía la instalación.

kraken pistola silenciador

—Tenemos poco tiempo —recalcó Vladik a su compañero—. Digamos que he “pisado el acelerador hasta el fondo” y en breve el alternador va a estar al máximo de potencia. Calculo que tendremos unos diez minutos hasta que el Mando Remoto de Madrid detecte nuestra rampa de potencia no autorizada. Empezarán a llamar y aquí no va a haber nadie que les responda.

—Entonces —contestó Hassan—, tenemos que correr antes de que activen el Plan de Emergencia y llegue la ayuda externa.

Como una exhalación, ambos salieron de la Sala de Control y subieron al camión que habían detenido en la misma puerta. Condujeron por la instalación de una manera que los responsables de prevención de riesgos laborales hubieran calificado como “indisciplinadamente temeraria”, ya que la velocidad en el recinto industrial estaba limitada a unos, muy prudentes, diez kilómetros por hora. Sabían exactamente a dónde se dirigían: al transformador principal.

Ese trafo, como se le llamaba en el argot industrial al transformador, era un equipo voluminoso. El modelo allí instalado era algo más largo que el camión y su remolque, pero casi el doble de alto. Su función era elevar la tensión de generación desde los veinte kilovoltios que producía el alternador hasta los doscientos kilovoltios que se vertían a la red de alta tensión. Lo cual, era necesario para disminuir las pérdidas ocasionadas por el transporte eléctrico. La zona que lo rodeaba, por motivos de seguridad industrial, se encontraba separada de las vías de acceso por una valla para impedir el paso de los trabajadores no autorizados. Además, el recinto estaba provisto de muros de hormigón por tres de sus costados, sin techo, y con aspersores de extinción que, junto con el espumógeno y otras medidas específicas, componían el avanzado sistema de protección contra incendios. Por la parte de arriba del transformador sobresalían tres cables gruesos de un diámetro de unos cinco centímetros. Eran las barras de las fases eléctricas “R”, “S” y “T” que llegaban desde el alternador hasta allí.

Eva García, la Operadora Técnica, se encontraba viendo la válvula que fallaba a unos cien metros del lugar que habían elegido los dos hombres para estacionar el tráiler.

—Oye Paco —dijo extrañada por el walkie-talkie—, ¿y ese camión de ahí, cuándo ha entrado en la central?

Por respuesta sólo pudo escuchar un ruido blanco de fondo. Probó con el móvil del trabajo. No marcaba ni una raya de cobertura. Miró su smartphone personal y un letrero indicaba “sin señal”. Estaba incomunicada y eso le pareció bastante raro. Le vino a la memoria lo que dijo su primo Mario, el bombero, que había estado visitando la Central hacía unos meses para preparar un simulacro conjunto: «¿Cómo no os aumentan más la vigilancia? Con lo estratégicas que son estas industrias, cualquier día se os meten unos terroristas y os ponen una bomba».

Eva se encontraba dividida. Aunque su instinto le decía que debía salir corriendo de allí, estaba tan cerca del camión que le podía la curiosidad. Además, algo no le cuadraba: ¿Para poner una bomba iban a meter un vehículo tan grande? Así que se aproximó a la zona, con sigilo, tratando de permanecer en la sombra. Quería ver qué pasaba con ese camión.

El motor dejó de sonar y vió a dos hombres que se bajaron de la cabina junto al recinto del transformador. El más alto,tiró de una palanca y la carcasa del remolque se descorrió.

—¿Qué es eso? Parece —pensó Eva— un supositorio gigante.

De aspecto fusiforme, con los extremos redondeados, se apreciaba un artefacto ovalado y oscuro, con apariencia cerámica, como de barro cocido, que ocupaba el remolque casi por completo. Seis bobinas de aproximadamente un metro de diámetro, hechas con un cable reluciente y dorado, circundaban el elipsoide. De tres de las cuales sobresalían unos bornes terminados en unas esferas transparentes como el cristal que emitían un resplandor iridiscente de un tono azul eléctrico.

De aspecto fusiforme, con los extremos redondeados, se apreciaba un artefacto ovalado y oscuro, con apariencia cerámica, como de barro cocido, que ocupaba el remolque casi por completo.

Eva avanzó. Le podía la curiosidad y quería verlo desde más cerca. Caminó de puntillas, lo más sigilosamente que pudo, por detrás de los muros de contención del transformador para verlo todo mejor. Después de escucharles hablar entre ellos, lo tenía claro: el moro y el ruso no venían a hacer turismo, tenían que ser terroristas. Y esa no era una bomba normal. Por el tamaño que tenía, debía ser atómica, de hidrógeno, termonuclear o algo todavía peor. No sabía de cuántos megatones sería, pero estaba segura de que, si la detonaban, el cráter iba a llegar desde Marbella hasta Torremolinos como poco.

—¡Dios mío! — Exclamó Eva—. ¡Nos la van “a liar parda”!

Mientras, los dos hombres, abrieron un compartimento de un extremo del remolque donde asomaron tres cañones similares a los de los antiguos buques balleneros japoneses. Los arpones que tenían cargados, acababan en unas pinzas con tres dedos afilados. Manipularon un panel y el sistema de puntería automático calculó la trayectoria óptima de los arpones hacia cada una de las fases eléctricas que llegaban al transformador.

—Cuatrocientos veintiséis megavatios y sigue subiendo —anunció preocupado el más mayor, con ese acento que a Eva le recordaba a sus vecinos rusos, mirando el indicador de su reloj de pulsera— tenemos que darnos prisa, la potencia empieza a ser metaestable.

—Esto ya casi está —le contestó el otro comprobando el explosivo de los cañones—. ¡Listo!

Eva siguió aproximándose, hasta que se situó al otro lado del tráiler. En ese momento, el reloj del veterano comenzó a emitir un pitido intermitente.

—¡Es la señal! —Exclamó, poniéndose en tensión—. Hay que conectarlo ya: ¡Engancha las fases!

El otro pulsó un botón y se dispararon los tres cañones al mismo tiempo. Los arpones modificados impactaron con un chasquido estridente sobre las barras que venían del alternador, seccionándo los cables y quedando conectados en su lugar. La central se quedó momentaneamente sin suministro. En cuestión de milisegundos se activó el sistema de alimentación de emergencia. Por otro lado, la red eléctrica reaccionaba con una rapidez casi instantánea, suavizando el efecto, por lo que cualquier usuario que estuviera despierto a esas horas sólo habría notado un insignificante parpadeo momentáneo en la iluminación, si es que tenía encendidas las luces.

—¿Está cargando? —Preguntó el más joven a su compañero.

La estructura elipsoidal emitía ahora una especie de zumbido, como si fuera un panal de abejas enfurecidas o una docena de teléfonos móviles con la vibración encendida y recibiendo llamadas al mismo tiempo.

—¡Sí! Estamos enganchados —contestó el veterano sonriendo. Parecía enormemente aliviado—. Subamos, rápido.

Los dos hombres se giraron hacia el remolque y se encaramaron en él. Al hacerlo, Hassan se inclinó hacia abajo. Unos ojos temblorosos le devolvieron la mirada. Había descubierto a Eva.

La estructura elipsoidal emitía ahora una especie de zumbido, como si fuera un panal de abejas enfurecidas o una docena de teléfonos móviles con la vibración encendida y recibiendo llamadas al mismo tiempo.

—¿Pero qué hacen aquí? ¡Apaguen todo esto inmediatamente y salgan ahora mismo del recinto! —Susurró Eva para sí misma, pensando en que si fuera más valiente les habría dicho algo como eso. Pero se mantuvo con los ojos cerrados y la respiración contenida al máximo, rezando para que, por algún milagro, el hombre no le hubiera visto y pasase desapercibida.

—Yo me encargo —dijo Hassan rebuscando el arma en su bolsa— ¡Mierda! ¿Y mi pistola?

Dándole gracias a Dios porque aquel hombre no tuviera el arma de la que hablaba, Eva continuó agazapada junto a las ruedas del camión, bloqueada, paralizada por la tensión y el miedo, sin saber qué hacer.

—Cuatrocientos treinta y un megavatios —interrumpió Vladik mirando en su reloj de pulsera—. ¡No! Ya no hay tiempo para neutralizarla, esto va a activarse… ¡Agárrala fuerte, se queda con nosotros —exclamó—, no sea que nos lo fastidie todo justo al final!

—¿Eh? —Al fin Eva pudo pronunciar palabra— ¿Yo…?

—Ya has oído, listilla —añadió Hassan el musculoso, atrapándola con rudeza— ¡aquí quietecita!

Casi de un salto, y a toda prisa, los tres cruzaron a través de la pared del elipsoide, que era como una especie de membrana a modo de cortina y se encontraron en el interior de la cápsula ovalada. Era como estar dentro de un submarino, iluminado con un tenue resplandor rojizo que apenas dejaba ver nada, aunque de alguna manera, sí permitía seguir viendo el exterior. Funcionaba con el mismo efecto que los espejos de los interrogatorios que son transparentes por uno de los lados. Se acomodaron en el fondo, donde había una zona acolchada.

Eva sentía como Hassan le inmovilizaba con su tenaza, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Notó como se le saltaban las lágrimas. ¡Todo había ocurrido tan rápido! Los terroristas le habían llevado a la fuerza, no había tenido reflejos suficientes para salir corriendo cuando había podido y ahora se lamentaba de que todo fuera a acabar así, volando por los aires. Tenía proyectos, como todo el mundo, y aunque la suerte no le había sonreído en el amor, con sus amigos de toda la vida se llevaba estupendamente. Además estaba su familia y, aunque no aguantaba a su cuñado, sabía que a su hermana Ana le hacía feliz… Una felicidad que iba a perderse porque acabaría inmolada en un acto horrible.

—La he cagado, vaya mierda, la he cagado —se lamentaba Eva una y otra vez como si fuera un mantra o, más bien, una plegaria de desesperación.

De repente, todo empezó a vibrar aún mucho más fuerte, violentamente. El suelo tembló. Hassan y Vladik sonrieron. Eva, con los ojos desorbitados vió cómo el transformador principal comenzaba a tambalearse y notó que ocurría algo muy extraño. Parecía como si toda la acción transcurriera a cámara lenta. De la superficie exterior de la grajea ovalada surgió una especie de capa que se hinchó como un globo, o más bien una onda esférica de luz violeta. Se dilató conteniendo el elipsoide en el que se encontraban hasta cubrir el remolque casi por completo.

A continuación, todo quedó envuelto en un resplandor cegador muy brillante, blanco intenso. Y luego, sólo oscuridad.

Continuará…

Sigue leyendo la segunda parte del relato.


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