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EL ENGANCHE: Segunda Parte (2/3)

Segunda parte del relato EL ENGANCHE, con el que KrakenByte ha participado en la convocatoria Visiones 2015 de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror). 📖

Una noche oscura. Una central eléctrica. Un camión con un remolque. Un caso imposible. Un reto para un veterano Inspector de la policía.

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¿Te gustó la primera parte del relato? Ahora puedes continuar con la segunda:


EL ENGANCHE

Segunda Parte

Amanecía en Puerto Banús. El rocío impregnaba los lirios silvestres, pensamientos, mimosas, hibiscos y otras flores de diversos tipos que había en el pretencioso jardín de la Central de Ciclo Combinado de Marbella, custodiado por palmeras Washingtonia en todo su perímetro, lo que le daba un aire más propio de un resort hotelero que de una fábrica de luz.

kraken jardin

Aunque todavía era oficialmente invierno, se dejaba oler el aire primaveral, cosa que, en el clima benévolo de la Costa del Sol era lo más habitual, pero no dejaba de sorprenderle a Serafín Sepúlveda. Se habían cumplido un lustro desde que le destinaron como Inspector a la Comisaría Unificada de Málaga, pero había cosas que aún llamaban su atención. Sobre todo, después de pasar más de ocho años viviendo en Burgos, con nevadas garantizadas cada invierno. El hecho de ver flores en esa época del año seguía sacándole una sonrisa.

Pero no había ido allí, a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana, para dedicarse a la botánica —extraña afición para un policía—, decía siempre su suegra con evidente recochineo—, sino para investigar algo que, como era ámbito de su responsabilidad, se perfilaba lo suficientemente serio como para tener que venir en persona.

Además, habían añadido a su total disposición, un helicóptero de Tráfico, dos ambulancias y un apoyo militar que, junto con la patrulla de policía municipal que había llegado al principio, indicaba que este asunto no era algo banal.

Al entrar en el aparcamiento, cruzó delante de una inservible barrera levadiza. Estacionó el coche en la zona de visitas, al lado de las ambulancias. Como llevaba la sirena activada, el agente de la entrada abrió paso al Inspector, sin más.

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—Buenos días. Inspector Sepúlveda, de la Policía Nacional, ¿puede decirme qué ha ocurrido?

—Señor… —contestó el Agente de la Policía Municipal hablando a toda velocidad, como si se hubiera tomado cuatro cafés más de la cuenta esa noche—, le estábamos esperando. Yo, sinceramente —prosiguió todavía más acelerado—, no entiendo nada. Por eso hemos dado el aviso… y es que todo es muy extraño. Le acompañaré a la Sala de Control, donde está el personal. Vamos, personal, sólo dos personas porque, por lo visto, aquí de noche sólo hay tres trabajadores, pero uno no se sabe dónde está, nadie le ha vuelto a ver… Aunque creo que mejor vamos a ver el boquete, que será lo primero que quiera ver usted antes de nada… porque, si bien es…

—¡Pare, pare, pare, por favor! —Interrumpió bruscamente el Inspector Sepúlveda—, pero qué forma de divagar es esa. Tranquilícese, qué me está mareando ¿no puede hablar más despacio? ¡Usted es un profesional, compórtese!

—Perdóneme, Inspector, pero es que… me he puesto muy nervioso —contestó avergonzado el agente tratando de contener su verborrea—. ¿Vamos a ver ya la zona del desastre?

—Lo que vamos a ver es a los implicados —atajó Sepúlveda—, quiero saber qué tienen que decir.

La Sala de Control era un poco decepcionante, para tratarse de una central eléctrica de más de cuatrocientos megavatios capaz de abastecer a una ciudad de más de un millón y medio de habitantes. En apariencia, el corazón de la central consistía en unos cuantos ordenadores con unos programas específicos llenos de diagramas muy técnicos, pero nada de botones por todas partes ni lucecitas, ni registradores de papel, eso ya había pasado a la historia hacía años. También había una pantalla gigante que, aunque mostraba un sinóptico general de la instalación, no era diferente de las que se usaban en los bares y pubs para las fiestas de karaoke y los partidos de fútbol.

También había una pantalla gigante que, aunque mostraba un sinóptico general de la instalación, no era diferente de las que se usaban en los bares y pubs para las fiestas de karaoke y los partidos de fútbol.

—Buenos días. Soy el Inspector Sepúlveda —se presentó al entrar.

Los especialistas de Emergencias Sanitarias estaban recogiendo sus equipos, aunque aún permanecían junto a dos hombres tumbados en camillas portátiles y tapados hasta el pecho con una sábana plateada.

—¿Están…? —comenzó a preguntar Sepúlveda.

—Vivos, aunque siguen aturdidos. Ya están saliendo del shock —le tranquilizó el sanitario, intentando sonreír—. Parece que les han disparado con esa pistola de aire comprimido —señaló una bolsa que había encima de una mesa, etiquetada con el escudo de la Policía Municipal—. Esos dardos apestan a tranquilizante de caballos. Habría que analizarlo pero, por el tufo que suelta, tiene pinta de ser alguna variante intravenosa de la ketamina.

—Ya veo, pero,¿pueden hablar, no?

—Le recomendaría esperar a que se repongan del todo. Puede que, si les interroga ahora, sus respuestas no sean del todo coherentes.

—No. Mejor ahora —sentenció el Inspector Sepúlveda.

Serafín era de la opinión de que, en casos como este, a un testigo era mejor sacarle todo lo que pudiera en ese momento, para evitar que se olvidara. Con el tiempo, los pequeños detalles siempre terminaban siendo cruciales para resolver los casos.

—He disparado turbinas y caldera. Está parada, la Central ya está parada… He disparado turbinas y caldera. Está parada, la Central ya está parada…—murmuraba de forma repetitiva Francisco Jiménez, el Jefe de Turno, cuando se acercó a él.

Serafín Sepúlveda iba a empezar con el interrogatorio, pero al verlo sumido en ese bucle, se planteó si el sanitario no tendría razón en esta ocasión.

—Espero que no sea na y se le pase enseguía —dijo el Vigilante de Seguridad, que se incorporó en la camilla de al lado—, yo he estao maomeno iguá hasta hase un ratillo, señó polisía —continuó el vigilante con acento andaluz.

—Inspector —le corrigió Sepúlveda—. Dígame ¿qué ha ocurrido aquí?

—Le voy a contá to lo que nesesite, Inspectó —recalcó el Vigilante—, como que me llamo Jesú Corté —y besó un pequeño crucifijo de oro que llevaba colgado al cuello en una cadena—, pero me va a permití que le pregunte yo primero ¿ha visto usté er bujero?

—¿Agujero?

—Sí, al lao del trafo principal —contestó el Jefe de Turno saliendo del aturdimiento, mientras se sentaba lentamente en la otra camilla—. ¡Qué dolor de cabeza! Se nota que Jesús está mejor que yo —se quejó Francisco, mirando de soslayo a su compañero y fijando después la mirada en el suelo—. Nos despertamos hace un rato, con la cabeza como un bombo, y paramos la central como buenamente pudimos. Hicimos la ronda de reconocimiento y activamos el protocolo para emergencias. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano, así que, por favor, vaya a ver el agujero y luego, como dice mi compañero Jesús, seguiremos hablando de lo que quiera.

—Las cosas no funcionan así —le cortó con cierta chulería Serafín Sepúlveda—, puede que a su Jefe le vacilen cuando le dan los reportes… Que, por cierto, no sé por qué no está ya aquí el primero…

—Está de vacacione —comunicó Jesús, el vigilante— en Alaska na meno. Pa mí que no va a vení hoy.

—Me da exactamente lo mismo. Si no cooperan…

—Perdone que le corte otra ve, Inspectó —volvió a intervenir Jesús—, pero vea, antes de na, lo del trafo y luego no interroga to lo que le haga farta. Nosotro de aquí no no movemo.

—Las cosas no funcionan así —le cortó con cierta chulería Serafín Sepúlveda—, puede que a su Jefe le vacilen cuando le dan los reportes…

 
El enfado del Inspector Sepúlveda iba en aumento a cada segundo que pasaba. Se le estaba calentando la cabeza y empezaba a plantearse llegar a las manos para dejarles claro quién era la Autoridad. Pero el Agente Municipal intervino tomando la palabra.

—Señor, si me permite la sugerencia —susurró con toda la prudencia y suavidad de la que era capaz—, de verdad que creo que debería ver “eso”.

—¡Buf, está bien!…

Con la paciencia fuera de combate, el Inspector acabó cediendo, en parte por lo absurda que le parecía la situación, y se dirigió junto con el policía municipal al lugar mencionado.

Ya había amanecido casi por completo cuando el agente y el inspector llegaron al lugar del trafo principal, como le decían en la jerga eléctrica. Una cinta con el logotipo del Ayuntamiento de Marbella y la palabra “POLICÍA” rodeaba todo el perímetro de la zona. El Agente Municipal, como había estado antes colocándola, sabía muy bien lo que sentiría el inspector en el momento de ver lo que tenía ante sus ojos.

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Serafín intentó decir algo, pero no pudo pronunciar palabra. Sólo siguió mirando a su alrededor, agarrando con su mano izquierda la cinta policial y sacando, por acto reflejo, el arma reglamentaria para apuntar a no sabía bien dónde.

El trafo principal permanecía intacto, pero parte del vallado periférico se encontaba incompleto. Los muros de protección contra incendios estaban literalmente a medias, cortados de una manera llamativa. La línea de corte seguía el trazado de un arco, aparentemente controlado y extrañamente uniforme. Sin embargo, eso no era lo más raro. Lo más curioso era que ese corte no terminaba a nivel del suelo, sino que continuaba y profundizaba hacia más abajo, formando un agujero. El Inspector Sepúlveda, bajó la pistola y se asomó hacia el interior. Las capas de asfalto, hormigón, grava, tierra y roca, además de todos los entramados de tuberías, cables y conductos variopintos que pasaban por ahí abajo, estaban seccionados de tal manera que continuaban el mismo radio de curvatura de las paredes de cemento. No solo era un corte limpio, con un aspecto prácticamente pulido, sino que además tenía una geometría radial misteriosamente perfecta, esférica. Era como si hubieran cogido una herramienta de servir helados gigante y extraído con ella una bola de treinta metros de diámetro en el suelo de la central. Más de la mitad de la bola de helado sería del suelo, y el resto de arriba. Faltaba todo el remolque del camión y sólo quedaba una parte de la cabina. Por si fuera poco, para hacerlo aún más extraño, no había ni rastro de escombros, ni la dispersión típica de los restos de una explosión.

Era como si hubieran cogido una herramienta de servir helados gigante y extraído con ella una bola de treinta metros de diámetro en el suelo de la central.

—¿Pero dónde demonios está todo?—, se preguntaba consternado.

Esa ausencia era algo imposible, porque ¿cómo podían haber retirado todo ese material, si debía pesar varios cientos de toneladas?

El Agente Municipal, manteniendo un largo e incómodo silencio, miró de reojo al Inspector. Serafín Sepúlveda presionaba sus globos oculares levemente con el pulgar y el índice de su mano izquierda. Guardó el arma en la funda, levantó los ojos hacia el horizonte y, respirando hondo, murmuró: hoy va a ser un día muy largo.

Continuará…

Sigue leyendo la tercera y última parte del relato.


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